Mi proyecto soñado: ¿Cuál es el tuyo?

Éste es un tema que me está dando vueltas últimamente, y no paro de pensar: ¿cuáles son esos proyectos que realmente sueño con hacer? Los que me tendrían trabajando sin descanso, obsesionada y feliz pese a las dificultades: ¿cómo serían?
Toda la vida me he sentido irremediablemente atraída por culturas lejanas, lugares exóticos y pueblos distintos. Tengo una especie de “deformación” (¡no digo que sea algo malo!) de exploradora, y siempre sueño con subirme a un avión y partir a una selva, a un bosque, a una isla, a una montaña muy muy lejana. Esto algunas veces me ha hecho sentir un poco mal, porque hoy en día estamos esforzándonos para que nuestra flora nativa sea apreciada como lo merece, y yo estoy en secreto pensando en estos lugares lejanos.
Será por eso que siempre quise estudiar arqueología, porque soñaba con ser como Indiana Jones, y era un sueño serio.
Veo fotos de flores realmente bellas en las montañas de Grecia o en valles en China, y quiero ir. No puedo creerlo cuando mi amiga Isik Günner publica las fotos de tulipanes silvestres en Turquía. Sueño con ir al Sakura en Japón y sacarme fotos con los cerezos en flor y de paso conocer otras flores de ese país.
Cuando en 2012 llegué al Jardín Botánico de Edimburgo, lo que más quería era dibujar plantas de países como China, Brasil, Ecuador o realmente donde fuera. Y tuve que dibujar plantas chilenas, y sólo en línea negra. Fue un balde de agua fría al principio pero después me reconcilié, amé las plantas chilenas y las dibujé feliz. La vida te da sorpresas y te enseña cosas, ¡es así!

Con los amados copihues en Edimburgo, 2012.

Por eso cuando mi amiga Wendy Hollender me invitó a Kaua’i dije que sí en seguida e hice todo lo posible por juntar el dinero para ir, dos años seguidos (y el 2020 lo haré otra vez). Sólo para poder estar dos semanas en la selva polinésica, sentir el calor tropical y pintar plantas de cualquier país tropical del mundo. ¡No puedo resistirme!

Mi mesa de trabajo en el National Tropical Botanic Garden de Kaua’i, USA, un año atrás.

Hace unos días atrás, mi marido estaba en la lejana Palestina y visitó un lindo valle donde cultivan olivos y viñedos. Estando ahí, me mandó fotos de las flores silvestres que vio, y simplemente me encantaron.
No son flores tan raras, están en todo el Medio Oriente y Norte de África -ignoro totalmente la situación de las especies nativas de la zona de Palestina e Israel, y ahí justamente es donde se instala el bichito explorador-. Hay amapolas, iris silvestres (bellos!!!), leguminosas, un tipo de cardos, y otras flores que aquí son consideradas maleza, seguro allá también. Y están por supuesto los milenarios olivos.

Amapolas en Palestina, foto por Víctor Mahana.
Cistus albidus en Palestina, foto por Víctor Mahana.
Iris silvestres en Palestina, foto por Víctor Mahana.

Y al lado de todo eso, un alto muro gris de cemento (la “serpiente gris”), que es el que ha ido construyendo Israel para separar a los palestinos de sus territorios ancestrales. Esto sí que me sorprendió: las flores creciendo ignorantes (¿o no?) de este muro y sus implicancias.
Este tema me cautivó profundamente: todas las plantas que se han cultivado en esas tierras por milenios, con las personas que viven de esos cultivos, hoy están divididas por este muro que protege súper carreteras modernas que los palestinos tienen prohibido usar. Los palestinos tienen prohibido el acceso a muchas cosas y lugares, y sufren constantes malos tratos. Las mujeres sobre todo, tienen muy poco acceso al trabajo y sus ciudades se han ido quedando atrás en el desarrollo mientras que Israel crece y crece. Los palestinos tienen agua potable sólo dos días a la semana porque Israel así lo quiere, y no tienen permitido sacar agua de las napas del subsuelo.

El muro. Foto por Víctor Mahana.

Pienso en este tema como uno que me interesaría mucho desarrollar. Las plantas, los cultivos, el florecimiento están ligados al bienestar de las personas, a la sustentabilidad, al alimento y la protección. Las mujeres podrían pintar las plantas que cultivan y cocinan. Y la pared, aunque es inamovible, puede ser testigo de todo eso.
Éstas son las ideas que me atraen más. La ilustración de plantas y naturaleza puede ir más allá. Puede hablar de temas profundos y polémicos de una manera amable y elegante. Sin caer en la agresividad. Puedes ser una guerrillera de las plantas y hacerlo con sabiduría y estilo. Te aseguro que así, llegamos a mucha más gente y muy diversa. Quiero intentarlo.
¿Y a ti, qué proyectos o ideas te apasionan? ¿Hay temas que te tienen pensando y que necesitas desarrollar y mostrar al mundo?
Cuéntame cuáles son, te apuesto que si lo analizamos, puedes hacerlo.

Cómo hacemos del mundo un lugar mejor dibujando plantas.

Años atrás, había recién regresado de mi residencia del Royal Botanic Garden Edinburgh muy feliz después haber tenido la fortuna de estar aprendiendo en uno de los mejores jardines botánicos del mundo. Venía con todo el entusiasmo que se trae después de un viaje como ése: ganas de dibujar todas las plantas de Chile, de seguir enseñando, de hacer miles de proyectos. Un mareo de ideas y felicidad. Unas semanas después, mi padre me prestó un libro* escrito por un periodista australiano que se había propuesto averiguar si el Calentamiento Global era real o una farsa, y por qué las personas nos resistíamos a hacer algo. 

Leí el libro en pocas noches y cerca del final, me sentí totalmente desolada. Recuerdo que me puse a llorar y sentí que no había ninguna salida posible. En ese momento, le dije a mi marido que no quería tener hijos. Sentía que era injusto y egoísta traer más niños a un mundo donde la gran mayoría de los niños tienen vidas terribles y más encima, con la sentencia de un futuro caótico y negro. Pensé que nada de lo que pudiera hacer tenía ningún sentido, ni mucho menos impacto. 
Lo único que atiné a sentir en ese momento era que mi trabajo era tremendamente inútil y superfluo. Ilustrar plantas se me presentó como algo vacío, sin sentido y hasta ridículo en un mundo con tantas urgencias, injusticias, problemas enormes. ¿Qué podía hacer yo? 
Me atormenté con esos pensamientos por varios días, hasta que poco a poco se fueron calmando y después de implementar sistemas de reciclaje y lombricultura en mi casa, seguí con mi vida. Traté de comprar más en las ferias orgánicas y usar menos plástico. Supongo que es lo mínimo que podemos hacer los ciudadanos al estar viviendo en estos tiempos. Más adelante, quise ser mamá y tuvimos a nuestra hijita, Tahira. 
Ha pasado el tiempo, y la situación mundial no ha mejorado, si no todo lo contrario. Hay más desigualdad, los ciudadanos ya no tenemos por quién votar. En el mundo están surgiendo liderazgos nefastos que cuestionan toda lógica y sentido común. Brasil es el ejemplo que se me viene primero a la cabeza por su total locura. Y aquí, mientras escribo, están intentando privatizar el agua definitivamente y a perpetuidad, pues leyeron el informe que pone a Chile como el país con más estrés hídrico de toda la región para el 2040. Podría seguir nombrando estas atrocidades una tras otra.  
Pero ya no pienso que ilustrar plantas o dedicarse a esta profesión sea algo ridículo o inútil. Hace tiempo que logré identificar y asumir la importancia de este trabajo, y sobre todo entendí que el mundo es una gran cebolla que tiene muchas capas, y que cada ser humano habita o participa de algunas de ellas, y que es imposible ser directamente influyente en todas. Mi lugar está en la difusión de la ilustración botánica, en abrir caminos para otros, en mantener un oficio, en que se hable de plantas y que mucha gente use este conocimiento para movilizar más vidas. Creo en el arte naturalista como medio de comunicación, como un lenguaje que a través de la conexión autor – planta (etc.) – espectador logra transmitir ideas, conocimientos y emociones de manera mucho más eficiente y profunda que leer reportajes, papers o diarios. También estoy convencida de que contemplar y dibujar mucho de alguna manera, nos hace mejores personas. Al menos lo he comprobado en mí y en muchas personas que conozco y que se sienten más felices y equilibradas desde que incorporaron el dibujo como práctica constante en sus vidas.
Mientras más personas de todas las edades cultiven la pasión por observar, dibujar, rescatar , mostrar y enseñar nuestra flora, ecosistemas, fauna, etc., más posibilidades tenemos de lograr que se produzca el cambio que necesitamos. La cebolla hay que pelarla en todas sus capas, todos los aportes suman. 
Si orientamos nuestros esfuerzos de maneras positivas, con mensajes que impulsen a otros a conocer y a tomar consciencia, si logramos que el sistema educacional ponga su atención en los temas importantes, que las políticas del Estado cambien, que la naturaleza tenga el lugar que le corresponde, estaremos haciendo algo. Nada garantiza que lograremos nuestro cometido en esta generación, la maquinaria existente es enorme y pesada. Pero si como las hormigas trabajamos uno al lado del otro, insistentemente, consistentemente, sé que habrán cambios y que nuestros hijos y sus hijos podrán vivir en un mundo mejor.
Sea lo que sea que estés haciendo, tus acciones y palabras pueden ser un ejemplo para otros. 
¿Qué sientes cuando piensas en este tema? ¿Piensas que podremos hacer algo por nuestro amado planeta y por todos los seres vivos que lo habitamos? 

La Red Latinoamericana de Ilustración Científica.

Carta de Bogotá.

Los ilustradores científicos reunidos en la ciudad de Bogotá en junio de 2018 convocados por el Primer Encuentro de Ilustración Científica de Colombia declaran:

1- Defender la naturaleza en todas sus formas, conscientes de la importancia que representa para la existencia y sostenimiento de la vida.

2 – Defender e ilustrar las especies endémicas de nuestros países para hacerlas visibles y darlas a conocer.

3 – Traducir el lenguaje de la ilustración científica al común mediante eventos de divulgación y educación ambiental.

4 – Popularizar el conocimiento científico a través de nuestra profesión conectando la ciencia y el arte.

5 – Ejercer de forma organizada y responsable la apropiación social del conocimiento y el acercamiento de las comunidades a través de la ilustración científica con ética, verdad y calidad.

Bogotá, 29 de junio de 2018.


La mesa que dio origen a la Carta junto a todos los asistentes al encuentro. Nos dividimos en grupos, tratamos diversos temas y esa tarde, Rosa Pereira y Marie Joëlle Giraud redactaron la carta y la compartieron con todos en el cierre.
Recordemos que el evento tuvo lugar en la Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, y que el académico detrás de la organización fue el profesor Juan Pablo Vergara Galvis con la colaboración del colectivo Arasarí.
Participantes de la mesa: Jaime Bonilla (Colombia), Oscar Vilca (Perú), Juan Pablo Vergara (Colombia), Marie Joëlle Giraud (Colombia), Natalia Uribe (Colombia), Rosa María Alves (Brasil), María Alejandra Migoya (Argentina), Juan Carlos Pérez (Ecuador).



El inicio de un activismo latinoamericano a través de la Ilustración Científica y Naturalista

¿Cómo surgió esta carta?
La Carta de Bogotá es un documento que fue escrito para nortear los profesionales de ilustración científica y a los que quieren trabajar en esa área de actuación.
Los parámetros fueron discutidos en grupos y la carta sintetiza los más abrangentes de ellos, inspirando la profesión emergente en el continente líder de la biodiversidad, donde ya se destacan diversos hot-spots…
Necesitamos estar más unidos y agregar novos profesionales.

Rosa Alves Pereira, Brasil.
La reunión en Bogotá el mes pasado fue para todos nosotros, mucho más que un congreso de trabajo. Fue una manifestación de principios y una expresión de las ganas que existen en nuestro inquieto continente de hacer algo concreto por nuestros preciosos y delicados ecosistemas. Nosotros no somos políticos, no somos empresarios, no movemos influencias ni mucho menos dinero. Somos personas, mujeres y hombres apasionados por nuestro trabajo y por la flora y fauna de nuestros países y del mundo entero. Esta carta/manifiesto nos invita a trabajar juntos, a tener una mirada local y global de la situación de los entornos naturales de nuestros países y a utilizar la ilustración científica como arma pacífica para defender nuestros territorios de la codicia y el extractivismo que no se detiene. Los invito, amigos míos, a pensar en todo lo que podemos hacer con el poder de nuestras bellas imágenes para conmover, educar, cuidar, proteger y desarrollar. Los invito a que construyamos juntos la identidad latinoamericana de la ilustración científica, desmarcándonos de los cánones anquilosados de la academia europea. Pensemos, dibujemos y cuidemos juntos nuestro maravilloso continente salvaje.

Arte, Ciencia y el Tercer Lenguaje.

Ilustraciones de corales recortadas en un gabinete, por Rodrigo Arteaga, 2016.

Hace ya bastante tiempo que se viene hablando de una revitalizada relación entre el Arte y la Ciencia, en muchos niveles. Al menos en mis últimos 15 años de trabajo he sido testigo de cómo esta antigua dupla ha ido tomando fuerza desde ambos campos. Cada vez más vemos a artistas visuales de todos los calibres interesarse por temas científicos y asociarse con profesionales de la ciencia para articular sus obras, y también hay muchos científicos que han sacado sus mentes a pasear por las manifestaciones artísticas, a veces con la idea de difundir su trabajo a través de lo visual, pero también porque simplemente les atrae.
En mi experiencia como profesora de Ilustración Botánica tengo una pequeña muestra de este fenómeno, cuando recibo a artistas (incluyo diseñadores, arquitectos, actores, etc.) declarando que siempre quisieron ser científicos pero no “eran buenos” para las matemáticas, y a muchos científicos que confiesan que siempre quisieron dibujar y pintar pero que por diferentes motivos lo dejaron de lado. En este caso particular, ellos quieren aprender a dibujar plantas para borrar ese molesto límite.

El laboratorio: un nuevo espacio de taller para los artistas.
Foto: G. MacKinnon 2013.

Mucho se habla de que el método científico de investigación tiene una gran relación con los métodos de investigación y creación de los artistas, y pienso que es cierto. Hoy en día, no estar atentos a esta similitud y a los cambios de paradigma es no poner atención a los procesos que están pasando en estos ámbitos del conocimiento y la cultura. En este sentido, es muy importante que el ámbito académico se haga parte de este proceso involucrándose e incluyendo esta perspectiva en su curriculum. No hacerlo, es estar ciego y no acoger a las inquietudes de una juventud que es más dinámica, más inclusiva, curiosa, investigadora y que está ávida de precisamente, borrar fronteras.

En Chile (y en América Latina) estamos viviendo un situación especialmente privilegiada, pues se está formando a paso firme una gran masa de jóvenes profesionales de lo dos mundos que quieren trabajar en esta dirección, y poco a poco están creando este “tercer lenguaje”, que todavía no tiene nombre (a menos que ya alguien se lo haya puesto, pero no he leído ese paper) pero que cada vez cobra más fuerza.

Este Tercer Lenguaje, una especie de “Quinto Elemento” del conocimiento, aparece en el mapa como posibilidades infinitas de expresión, de creación, de comunicación y de expansión del conocimiento y el sentir humano que antes se vieron encasillados en archivadores demasiado restringidos, demasiado estandarizados. De hecho, los científicos por siglos han intentado borrar toda huella de “humanidad” en los resultados de sus investigaciones y en sus imágenes, persiguiendo la hoy cuestionada “objetividad”. Los artistas por otra parte, también se encerraron en su lenguaje críptico, hablando sólo entre ellos, casi abandonando al espectador a su suerte. Arte y Ciencia, rompe este esquema. Es acercar, es cuestionar, es comunicar. No de maneras necesariamente obvias o didácticas, pero sí inclusivas.

Colecciones estéticamente hermosas para aprender a ilustrar plantas.

Este diálogo es potente, es amplio, es infinito. Puede desarrollarse desde los viejos oficios, como la ilustración con lápiz y pincel, o desde la Realidad Virtual y las Redes Sociales. Todos los quehaceres y saberes pueden tener un espacio. Todas las ideas aportan al Todo. Es esencialmente colaborativo. Y colaborar es la nueva perspectiva con que podemos mirar la Evolución, las relaciones humanas, la educación, los gobiernos. ¿Competir? Competir es hoy algo antiguo, un concepto que no nos sirve y estamos dejando atrás.
Es de esperar que las generaciones que están viviendo este cambio abracen este concepto y lo hagan suyo, y se olviden de esa palabra que habla de un fuerte pisando a un débil.

Aquí les dejo tres lecturas y un link, para ahondar en estos temas:

The Mushroom at the End of the World

Staying With The Trouble

Objectivity

https://www.artemasciencia.org/

Imaginando una nueva escuela – bocetos de una idea

Anoche, volviendo de estar todo el día en la Biblioteca acompañando la clase de Fred y conversando con algunas de mis compañeras del Cinc, tuve esta visión de una nueva Escuela de Arte.
Una Escuela que se salga de la visión occidental antropocéntrica y centrada en el ombligo de, más encima, el HOMBRE.
La visión o posición de estarse mirando a una misma y sus procesos personales para mí, debe terminar en la educación artística superior y es más, debiera concluir en la adolescencia. Después de eso, la interacción con el estudio artístico debiera abrirse al rol de cada uno en relación al entorno, incluyendo todas las esferas y capas de éste: familia – hogar (en su sentido más amplio), barrio, ciudad, lugar geográfico, país y por cierto el entorno biológico/natural (ya muy habitado) donde se desenvuelve la persona, incluyendo a todos los seres que lo habitan, sin excepciones.
Siguiendo los planteamientos de Donna Haraway, la Educación Artística de los jóvenes debiese transcurrir en simpoiesis con aquellos que estudian Ciencias y otras áreas del conocimiento, generando interacciones más allá de sus campos de origen.

(Google)

Entonces, la nueva Escuela de Arte ya no tendría al HOMBRE ni lo humano como centro, si no al Ecosistema, viéndose éste como un todo, que involucra desde un átomo o un microbio hasta las interacciones de los seres vivos con el clima de la Tierra, por ejemplo.
La Educación Artística universitaria, debe transitar desde la adolescencia (afirmación del yo, construcción de sí mismo y de la identidad) hacia la madurez y la maternidad/paternidad entendidas como una visión inclusiva, de hacer comunidad, de pensar en conjunto, haciéndose cargo de cuestionar y reflexionar en torno a problemáticas que van más allá del individuo, buscando desarrollar y potenciar las interacciones de todos los actores del ecosistema.
Queda atrás la vieja pregunta de Ser o no Ser, Pienso luego Existo, etc. Por que el ser no puede separarse del somos, incluyendo a todo.
La nueva escuela se hace cargo del tejido del ecosistema y no deja de lado a nadie. Se buscan las interacciones multi e interdisciplinarias. Se asume que las islas en el conocimiento no son reales ni posibles y que la interdependencia es la clave de las relaciones y de la existencia misma.
Es un error pensar que existen sistemas u organismos autónomos.
Es un arte no parcelado, abierto, generoso, inclusivo. Lo femenino y masculino en interacción positiva, constructiva, potenciando las imaginaciones y los talentos personales y colectivos.

Imagino que si el foco y estructura profunda de las manifestaciones culturales puede cambiar, toda la sociedad puede hacerlo.

Reflexiones en torno al fuego

No es otoño en Chile, es verano. Una época del año en que nos relajamos: los niños están de vacaciones, usamos poca ropa y vamos a la playa, visitamos los hermosos paisajes de nuestro país, paseamos, disfrutamos de la ciudad más vacía y apaciguada. Este año sin embargo, el verano nos ha golpeado fuerte. Estamos siendo testigos y protagonistas de incendios de proporciones enormes que fuera de control, están quemando bosque nativo, plantaciones y pueblos enteros.
Ya nos advertía hace un par de años atrás Martin Gardner, experto en coníferas del mundo, que los bosques nativos chilenos estaban fuertemente amenazados por el fuego al estar rodeados de plantaciones forestales altamente combustibles. Poco después de esa conversación, se quemó China Muerta, gran reserva de Araucaria araucana.

Este verano hemos tenido temperaturas récord en la zona central: 38ºC en ciudades donde no pasábamos de los 36ºC como gran máxima. No ha llovido casi nada en los últimos 8 años. Las ciudades se siguen extendiendo sin una planificación que involucre el nuevo estado de cosas. Los bosques nativos siguen siendo reemplazados por especies forestales sin un manejo adecuado dadas las nuevas condiciones. En fin, suma y sigue, todo se hace pensando en el corto plazo.

Por otra parte, vemos con horror que existen personas que están produciendo muchos de estos fuegos de manera intencional. No sabemos con certeza qué los motiva: si la locura o algún fin político-económico oscuro. Y a esto, se suma la histeria colectiva que levantan las redes sociales, donde hasta el Estado Islámico ha sido culpado. No puede ser.

En este contexto de humo que nos deja sin ver ni respirar, en la urgencia de ayudar a los compatriotas que han visto quemarse sus hogares y recuerdos, sus lugares, me pregunto qué podemos hacer como comunidad de Ilustradores Naturalistas.

Fuente: www.emol.com


En lo inmediato, ayudar como cualquier otro ciudadano, donando, enviando ayuda, prestando apoyo en los lugares afectados.
En el mediano y largo plazo, sigamos difundiendo nuestras especies. Informémonos a fondo sobre los temas que investigamos. No seamos meros retratistas de plantas y animales: comuniquémonos con los biólogos y científicos, trabajemos a la par con ellos. Estemos al servicio del conocimiento que puede ayudar a combatir la ignorancia: la situación de ignorancia en torno a la naturaleza en nuestro país es crítica. Quienes no conocen, no aprecian. Si no aprecian, no cuidan.
Preocupémonos de educar, de enfocar nuestros esfuerzos a objetivos tangibles y claros. Entreguemos la información en imágenes correctamente ejecutadas. Unamos placer estético y conocimiento.
Enseñemos a los niños que hasta la más “insignificante maleza” tiene un valor.

Estudio de Lardizabala biternata por Silvia Lazzarino, 2016.

Este es un llamado a seguir nuestro trabajo con altura de miras y sobre todo, responsabilidad. Ya no hay cabida para la ingenuidad. No podemos dejar de hacernos cargo de lo que sucede, es nuestro deber construir puentes. 
Si vas a tomar lápiz y pincel, o si vas a tomar tu cámara, piensa en esto y con otros, imagina las miles de cosas que podemos hacer para que en el futuro, nuestra joya de biodiversidad que es Chile, sea valorada como merece por nosotros, los chilenos.

Buscar respuestas…algunas podrían estar en los libros (¿?)

Herbario de Cloraea magellanica
Acuarela sobre papel, 2016
En estos tiempos tan confusos y caóticos, con tanta gente, tantos acontecimientos terribles y geniales ocurriendo al mismo tiempo, se me hace necesario buscar algunas respuestas que me ayuden a estructurar mis pensamientos y organizar la avalancha de información que recibo todos los días. Desde mi vida cotidiana, mis reflexiones profesionales, ver los lugares de mi casa que no he ordenado, decidir si mando o no a mi hija al jardín infantil (y a CUÁL!!!), ver los pulgones en el rosal, la basura que dieron vuelta los perros y así hasta llegar a que Donald Trump es candidato en USA, los coreanos están tirando misiles nucleares y más encima en mi comuna salió el candidato de la derecha que tiene malos antecedentes de corrupción.
Todos los días, todo el día estamos rodeados y ahogados en mares de información. Que van acompañados de la realidad física en la que habitamos y habitan todos (desde tú que estás leyendo hasta las tijeretas que entran a invadir mi taller). En este caos, con el cambio climático y los gobiernos inoperantes, la naturaleza ultrajada, la gente cansada e hiperventilada…no puede existir la noción de estabilidad ni tranquilidad con que muchos sueñan. Este es el mundo de la cuerda floja, donde cada uno debe inventarse el camino, el sustento, la filosofía de vida.
Pensando en todo esto y más, me encontré con dos libros de investigadoras y pensadoras que desentrañan este sentir, le ponen nombre y ejemplifican con situaciones el extraño pasaje en que nos encontramos. Y cuando digo “encontramos” pienso en todo lo que está vivo y en lo que forma parte de este planeta. Estoy leyendo los dos al mismo tiempo y aun no he terminado ninguno. Se pueden comprar en Amazon y leer en el Kindle o iPad (si no te molestan los libros digitales…los en papel no son baratos en este caso).
The Mushroom at the End of the World
On the possibility of life in capitalist ruins
Anna L. Tsing
En este libro, la investigadora Anna L. Tsing hace un increíble recorrido por la historia de los hongos Matsutake. Estos hongos, una delicatessen por siglos en Japón, se han adaptado increíblemente a los obstáculos de nuestros tiempos y con ellos países, personas, plantas y animales han encontrado una red donde sostenerse. Impresionantes hallazgos y reflexión.
Staying with the Trouble
Making Kin in the Chthulecene
Donna J. Haraway
Este otro libro, envuelve al anterior. Haraway desarrolla una compleja pero sensata teoría sobre cómo se entretejen seres vivos, procesos históricos, teconologías, Naturaleza, etc., para derribar el pensamiento antropocéntrico, cuestionar el denominado “Antropoceno” como concepto para la época que estamos viviendo y propone un nuevo multi punto de vista en que nos insta a hacernos parte activa de los problemas urgentes que afectan a toda la gran malla de seres, situaciones y relaciones que habitan este planeta. Es un llamado a la acción, y al menos para mí, un remezón en muchos sentidos. Ella además, promueve fuertemente la colaboración Arte – Ciencia para lograr efectos en los cambios que deseamos provocar. Estoy recién partiendo por lo tanto aun no tengo posibles críticas u otro tipo de observaciones. 
Para los artistas, es importante estar siempre preguntando, siempre investigando y descubriendo más allá de nuestros temas. En mi caso, encontrar un marco teórico, un enfoque o más bien un punto de vista que me haga sentido para mi trabajo y mi vida, es fundamental. Quise compartir estos hallazgos con ustedes y quizás más adelante, podamos conversar al respecto.

Reflexiones sobre roles, sociedad, futuro, arte y ciencia.

Esta semana me ha tocado participar en una interesante instancia donde he podido conocer y compartir con muchos científicos y profesionales que, desde sus diversas áreas, están aportando a un mejor manejo de los recursos naturales en diversos lugares del planeta. Se trata de la “First Conference of Natural Resources and Development”, que está teniendo lugar en Reñaca, región de Valparaíso. Esta vez la institución anfitriona es la Universidad Católica de Valparaíso, a través de la escuela de Agronomía.
Ha sido muy estimulante conocer trabajos que se enfocan en mejorar la calidad de vida de comunidades que se ven afectadas por situaciones como escasez de agua, comida, mal uso de zonas con alta biodiversidad, desastres naturales, etc.
Al mismo tiempo, me he encontrado con el lado menos romántico de los científicos: presentar casos de estudio, estadísticas, números, conclusiones y propuestas que no derivan en una reflexión más profunda de cómo queremos vivir, de qué dirección podríamos tomar como civilización, etc.
Quizás ha sido por el poco tiempo para hablar, para preguntar, para debatir que me ha quedado esta sensación.

Una de las presentaciones, sin embargo, me mostró una perspectiva muy interesante de cómo pensar en el mundo que queremos. Fue la charla de Conor Skehan, arquitecto irlandés que lleva 30 años trabajando en planificación, diseño de paisaje, asesorías ambientales, entre otras cosas. Skehan nos plantea que nosotros, los humanos, utilizamos una porción ínfima de la superficie de la tierra y que por lo tanto, debemos utilizarla con sabiduría para que lo que hagamos hoy, tenga un impacto positivo en los seres humanos que están por nacer.
Según Skehan, la civilización apunta a que la cultura urbana y sus valores serán los imperantes, desplazando totalmente al mundo rural, y más allá, dejando a los espacios “naturales” como elementos dentro de la trama urbana, pasando a ser indicadores de buena calidad de vida en las urbes que los administren.
Se tratará de un planeta súper poblado, donde las ciudades trascenderán a las naciones, y donde existirán ciudades exitosas, con buena calidad de vida, servicios, altos índices de felicidad, y otras donde el panorama será el opuesto. Ante esta perspectiva, a nosotros nos queda enfocarnos en lo que queremos para el futuro y esforzarnos para que las generaciones que vienen puedan habitar un mundo repleto pero amable. Conor Skehan nos llama a ser más optimistas con el futuro, y a pensar que lo que pasa hoy es una etapa, que podrá ser superada.

Desde esta vereda y desde mi escala humana pequeña, de mujer y artista en un país que no ha alcanzado el llamado desarrollo, me pregunto cuál es el aporte que puedo hacer para que nuestro país y sus ciudades tomen el rumbo que haga que el futuro de nuestra descendencia sea más auspicioso a pesar de los problemas que enfrentarán. Todavía no lo sé, quizás no sea una tarea concreta, ni una dirección exacta, si no más bien una actitud nueva: menos egoísta, de mayor compasión y entendimiento, de compartir experiencias y lo que sé, de acoger lo distinto y discutir y resolver los conflictos. 
En fin, sigo pensando y mañana cuando sea mi turno, les contaré si en la práctica es posible entablar diálogos entre artistas y científicos, más allá de las expectativas, la teoría y las ganas de que algo pase.